"Green Zone. Distrito protegido" (2010) es la tercera colaboración cinematográfica entre el actor Matt damon y el director Paul Greengrass, tras las apabullantes "El ultimatum de Bourne"(2007) y "El mito Bourne"(2004). En esta ocasión, Damon no es Jason Bourne, sino un oficial del ejercito de los Estados Unidos a la busqueda de armas de destrucción masiva en una Bagdad recien ocupada. "Green zone..." es -como era de esperar- un musculoso y espasmódico ejercicio de cine de acción bélica trepidante que, a diferencia de los títulos antes mencionados, acaba deviniendo algo rutinario.
Para dar cuerpo y entidad a esta epopeya bélica, Greengrass y Brian Helgeland -su guionista- recurrieron a parte de la información recopilada por Rajiv Chandrasekaran en su excelente libro "Vida Imperial en la Ciudad Esmeralda/Imperial Life in Emerald City" (2007, RBA Editores 2008), de lectura obligada.
Chandrasekaran es en la actualidad redactor jefe adjunto de The Washington Post y fue corresponsal del diario en Bagdad de 2002 a 2004, cubriendo como reportero la invasión de Irak, el derrocamiento de Saddam Hussein y el posterior y fracasado intento de construir una democracia "a la republicana", a cargo de Paul Bremer, el virrey y jefe superior de la Autoridad Provisional de la Coalición (APC).Este fracaso es el que desmenuza el autor en " Vida Imperial en la Ciudad Esmeralda", mediante información extraida de centenares de entrevistas con los protagonistas (americanos e iraquíes), de multitud de documentos internos, y de su conocimiento de primera mano de la realidad del país, en un vibrante y excepcional ejercicio periodístico de primer nivel, en el que mandan los hechos (contrastados) y no las valoraciones subjetivas del autor.
Si, como dice el refrán, los árboles normalmente no dejan ver el bosque, en este caso es el bosque (el establecimiento de una idea de democracia y el libre mercado) el que no deja a los americanos ver los árboles (un país destrozado y falto de las necesidades más básicas).
Pertrechados tras las murallas que rodean al Palacio Imperial de Bagdad (la Zona Verde de la película, la Ciudad Esmeralda del libro), convertido para la ocasión en un microclima estadounidense, en una burbuja aislante, los viejos "halcones" y los jovenes e inexpertos tecnócratas estadounidenses (elegidos más por su fidelidad a la causa republicana que por su idoneidad para el menester encomendado) desprecian el conocimiento de otra cultura y eluden la toma del pulso de un país abierto en canal, mientras elaboran leyes, planes y normas pensadas para establecer un hipotético libre mercado futuro, pero que no contemplan la vuelta a la normalidad para un pueblo desprovisto de alimentos, agua, energia, sanidad, escuelas u orden público ni la participación de sus representantes religiosos, sociales y políticos en la toma de decisiones.
Raro es el día que no cenamos con una sangrienta matanza en un mercado de Bagdad, o delante de una embajada, o en una carretera polvorienta, al paso de un convoy occidental. Anestesiados, aparentemente inmunes ya a tanta barbarie, a veces nos sorprendemos al encontrar una pizca de sensibilidad no abotargada y nos quedamos mirando fijamente la pantalla del televisor, preguntándonos si todo ésto tiene fin. No esperen encontrar en este libro la respuesta a esa pregunta, pero conozcan de primera mano - y contado por sus protagonistas- cómo hemos llegado a esta situación.
Si, como dice el refrán, los árboles normalmente no dejan ver el bosque, en este caso es el bosque (el establecimiento de una idea de democracia y el libre mercado) el que no deja a los americanos ver los árboles (un país destrozado y falto de las necesidades más básicas).
Pertrechados tras las murallas que rodean al Palacio Imperial de Bagdad (la Zona Verde de la película, la Ciudad Esmeralda del libro), convertido para la ocasión en un microclima estadounidense, en una burbuja aislante, los viejos "halcones" y los jovenes e inexpertos tecnócratas estadounidenses (elegidos más por su fidelidad a la causa republicana que por su idoneidad para el menester encomendado) desprecian el conocimiento de otra cultura y eluden la toma del pulso de un país abierto en canal, mientras elaboran leyes, planes y normas pensadas para establecer un hipotético libre mercado futuro, pero que no contemplan la vuelta a la normalidad para un pueblo desprovisto de alimentos, agua, energia, sanidad, escuelas u orden público ni la participación de sus representantes religiosos, sociales y políticos en la toma de decisiones.
Raro es el día que no cenamos con una sangrienta matanza en un mercado de Bagdad, o delante de una embajada, o en una carretera polvorienta, al paso de un convoy occidental. Anestesiados, aparentemente inmunes ya a tanta barbarie, a veces nos sorprendemos al encontrar una pizca de sensibilidad no abotargada y nos quedamos mirando fijamente la pantalla del televisor, preguntándonos si todo ésto tiene fin. No esperen encontrar en este libro la respuesta a esa pregunta, pero conozcan de primera mano - y contado por sus protagonistas- cómo hemos llegado a esta situación.
