"¡Qué coñazo!", pensó para sus adentros.
Estaba ya cansado, harto de la misma rutina.Al principio le hacia gracia eso de salir del mar y dejar Tokyo patas arriba; gozaba pegando coletazos y llevándose por delante edificios enteros, o chafando con sus pezuñas personas y vehículos. Sumamente taimado, siempre dejaba pasar un tiempo prudencial para que la ciudad se resarciera de su último ataque y cuando ésta, flamantemente reconstruida, había recuperado su normalidad, volvía a presentarse y la contemplaba con la misma excitación que un niño ante una caja de lápices de colores por estrenar, antes de proceder a destruirla por completo.Pero ya son muchos años, y éstos pesan. Edificios que antes caían casi de un soplido, ahora le cuesta Dios y ayuda derribarlos. Cada vez ha ido espaciando más sus reapariciones, él también necesita recuperarse de sus acciones, curar las heridas causadas por el combate, cada vez más profundas. Está más viejo, lo sabe, y Tokyo siempre resurge más fuerte y resistente a sus envites.
Hoy ha vuelto a salir a la superficie y se ha plantado en mitad de la avenida principal de Ginza. Ha mirado a sus pies y ha visto a centenares de personas observándole: gente que en otras épocas habrían huido despavoridas, ahora le sonrien y disparan sus cámaras de fotos, aturdiéndole con sus potentes flashes. Medio cegado, ha mirado a un lado de la avenida y ha contemplado la kilométrica hilera de neones perdiéndose en la luz del crepúsculo, se ha girado y ha visto esconderse esa extraña bola de fuego del cielo trás los altos rascacielos...
Es entonces cuando, en un ramalazo de lucidez, lo ve claro: ha perdido la partida. Y es entonces cuando, como los buenos perdedores, traga bien para adentro su orgullo y, con toda la discrección que le permiten su altura y tonelaje, hace mutis por el foro con la intención de no regresar nunca jamás a esa ciudad tan tozuda.
(La estatua de Godzilla -la de las fotos de esta entrada- se encuentra cerca del parque Hibiya, a unos 5 minutos a pié desde la estación del mismo nombre. Sumándole el pedestal sobre el que se halla no supera los dos metros de altura).





