viernes, 15 de octubre de 2010
De bitácoras e islas
Entre ellas estaba este Japandia, que recoge el testigo de proponer sus internautas predilectos y sus obras, que son las siguientes:
Viola Tricolor y su Los colores de los pensamientos
Enrique Ortiz y su El blog de Enrique Ortiz
Dorothy y su Dorothy con tacones
Spellbound y su Neurótico y romántico
Pezhammer y su Paralelo 40
De Madrid vienen Viola y Enrique. De Viola me quedo con su entusiasmo contagioso por la música y la vida; Enrique sería ese amigo en el que encuentras un poquito de todo y alguna ráfaga que te deja pensativo; Dorothy, desde Eivissa, sería una especie de reverso de Enrique, más temperada y menos pródiga; Spellbound, desde Argentina, derrocha buen gusto musical, erudición y aporta textos de un gran nivel, y de Pezhammer me agrada su vena iconoclasta y provocativa, aparte de su gusto exquisito a la hora de elaborar recopilaciones musicales.
No están todos los que son (tampoco hay muchos más, creanme), pero sí son a los que llevo acudiendo desde hace más tiempo. Hubo otros que ralentizaron o cesaron su actividad, y hay otros nuevos, en descubrimiento, revelándoseme día a día.
Quiero aprovechar la ocasión para compartir con ustedes unas reflexiones acerca de esta bitácora. Una de las cosas que más rápido se aprende al publicar en Internet es que, hables de lo que hables, habrá siempre alguien que lo habrá hecho antes y mejor que tú, lo cual me parece una magnífica cura de humildad para nuestras ínfulas, pero también que éso nunca debe ser obstáculo para expresar lo que deseas expresar.
Japandia, antes de nacer, era un blog oculto donde iba agregando entradas que no se publicaban en la red. Necesitaba demostrarme, primero, si era capaz de escribir algo minimamente coherente, y segundo, asegurarme que no me avergonzaría de ello más adelante. La idea inicial, el concepto, era hablar de Japón e Islandia, dos islas, dos paises que, cada uno a su manera, habían dejado una profunda huella en mi interior, me habían cambiado. De ahí que Japandia sea una isla imaginaria a la que me propuse, cuando decidí lanzarla al ciberespacio, que sólamente se llegara a sus orillas por azar.
Con ésto quiero decirles que nadie de mi círculo más íntimo está al corriente de su existencia. Si han hojeado esta bitácora, verán que no hay en ella grandes secretos ni revelaciones que justifiquen que sus páginas permanezcan ocultas a mis seres más inmediatos, pero para mí era muy importante para expresarme el escribir desde el anonimato (sin tener un coro de familiares y amigos comentando las entradas por sistema, ni condicionando su elaboración) y comprobar su alcance sin estímulos de ningún tipo. Supongo, por otro lado, que ésto es bastante común en la blogosfera, no creo estar descubriendo la sopa de ajo.
Posteriormente, Japandia se ha ido abriendo a otros temas, a otras miradas, hay nuevos paises que llevar en el corazón, han ido apareciendo ustedes por sus costas, y a día de hoy sólo puedo decirles que su existencia me satisface muy intimamente, y que es un orgullo para mí el tenerles aquí.
jueves, 5 de noviembre de 2009
Hasta siempre, José Luís
“Nunca en horas de clase” es una película de 1978, dirigida por Jose Antonio De La Loma, que pretendía ser la respuesta hispana a la americana “Saturday Night Fever” (1977), realizada por el entonces prometedor John Badham. Cronológicamente, entre las dos películas hay tan solo un año, pero en su forma y en su fondo existe todo un abismo, no solo cinematográfico, sino también moral y ético.La americana estaba basada en un artículo del periodista británico Nick Cohn y retrataba de forma bastante cruda la realidad de una juventud de clase trabajadora que convertía la discoteca en su única posibilidad de éxito social; la española, en cambio, era otra muestra más de cine coyuntural, pobre de medios, de ideas, de espiritu y -lo que es peor- misógino, retrógrado y reaccionario hasta decir basta.
Hace un par de meses la ví por televisión.
Ocurre a veces que algunas películas son tan, tan malas que acaban generando un disfrute directamente proporcional a su falta de calidad. No es este el caso.
Esta no hay por donde cogerla, es un cajón de sastre donde caben toda clase de desechos.
¿Qué qué se salva de la quema?
Bueno, la belleza de la prematuramente fallecida Inma de Santis, las excelentes canciones de los New Trolls ( un veterano grupo de prog-rock italiano, reconvertido para la ocasión en una suerte de Bee Gees mediterráneos) y...
José Luís López Vázquez.
Su aparición es breve y, desde luego, no se le recordará por este papel, ese que repitió en tantas y tantas películas: el de españolito medio, feucho, pero siempre dispuesto a tirar los tejos a cualquier fémina que se le ponga a tiro. Aquí lo veremos bailando desenfrenadamente en la discoteca, dirigirse en coche a un hotel acompañado de su ligue, y una vez allí (eso ya no lo veremos), al ser rechazado, marcharse, con un gesto genial de dignidad y despecho a la par.
López Vázquez falleció esta semana a la edad de 87 años.
A estas alturas, no creo que nadie con un mínimo de sentido común pueda dudar de su calidad como actor; su filmografía está repleta de títulos olvidables, pero también hay un buen puñado de clásicos incontestables del cine español y de la televisión.
Por mi parte, yo ya olvidé algo tan deleznable como "Nunca en horas de clase"; sin embargo, nunca olvidaré la imagen de José Luís López Vázquez marchándose de la habitación del hotel, con la cabeza bien alta y echándose la corbata hacia atrás por encima del hombro, como hacen con sus pañuelos o bufandas las señoras despechadas.
Eso es ser grande.
martes, 10 de febrero de 2009
Yuri
Poco podía imaginar yo que, a las pocas horas de haber aterrizado en el país, estaría compartiendo mesa con dos mujeres fantásticas.
Yuri era una de ellas.
Posteriormente, coincidimos en 5 ocasiones más.
Las recuerdo perfectamente todas, especialmente la excursión para ver el Fuji-san.
Ella nunca lo supo, pero ese día, el peor que pasé en Japón, sus palabras y su amabilidad actuaron como bálsamo para mi dolor.
Yuri se casa este sábado.
Tan sólo quiero desearle toda la felicidad del mundo, y que sepa que en Barcelona, en la otra punta del mundo, tiene un amigo que se acuerda de ella
Omedeto, Yuri !!!
miércoles, 19 de noviembre de 2008
Setsuko
Ooolé !
Indudablemente, estamos consiguiendo cambiar la imagen que se tiene de esta península fuera de nuestras fronteras.
Esta que ven es la primera página de un diccionario japonés-castellano. Uno de los dos que Setsuko adquirió para intentar comunicarse conmigo.
Conocí a Setsuko en la cafetería de la estación de ferrocarriles donde yo cogía el tren que me llevaba al lugar donde trabajaba.
Durante dos meses, de lunes a viernes ( y algún sábado), desayunamos juntos.
Setsuko llegaba siempre la primera a la cafetería, a las seis en punto de la mañana, cogía su desayuno, se sentaba a su mesa y me reservaba la de al lado. Yo llegaba 5 minutos después, y más tarde aparecían Kyouko y Toshiko, sus dos compañeras de trabajo.
Ella me hablaba mucho de su familia allá en Estados Unidos: su hija, casada con un americano, y su nieto.
Setsuko solía traerme pequeños regalos.
Los primeros fueron un muñequito y una agenda de Totoro (ella no lo sabía, pero a mí me encantan las películas de Hayao Miyazaki, su autor) , que me sirvió para ir tomando notas sobre Japón.
Me sería muy dificil enumerar todo lo que vino después: Songokus, castañas, onigiris, etc, y esa maravillosa cajita de origami que ven en la foto, en la que guardo el colgante que me regaló como despedida.
El día que me la entregó, no me encontraba muy bien de ánimos y no pude contener el llanto.
De regreso a España, la escribí para Navidades y me respondió con una postal. Este año, para Sant Jordi, le envié una cajita de bombones . Son tan sólo pequeños detalles; en realidad, nunca encontraré la manera de agradecerle el más grande y hermoso de todos los obsequios que me hizo: su compañía.
Y es que Setsuko fue lo más parecido a una madre que tuve en Japón.
martes, 21 de octubre de 2008
La penumbra cercana
Ese día, Pausch anunció a los asistentes que el cáncer contra el que había estado luchando el último año había pasado a ser terminal y que le quedaban pocos meses de vida. Acto seguido, impartió su última lección, “Conseguiendo los sueños de tu infancia (Really achieving your childhood dreams)”, cuyo contenido, recogido en video y difundido por Internet, ha sido visionado por millones de espectadores en todo el mundo que lo han acabado convirtiendo en ejemplo de motivación, superación y esperanza .
Randy Pausch murió el 25 de julio de 2008, a la edad de 47 años.
Dejó atrás una esposa y tres hijos.
Ví este video completo el pasado verano. La versión íntegra dura casi 2 horas, aunque circulan varias versiones abreviadas.
En él, Randy Pausch, con gran sentido del espectáculo (algo al parecer innato y obligatorio en cualquier persona carismática que provenga de los Estados Unidos, y Pausch sin duda lo era) y apoyándose en numerosos elementos de atrezzo, nos explica como ha conseguido casi todos los sueños de su niñez, su determinación para que mucha otra gente consiguiera los suyos, y nos da una serie de consejos para caminar recto por la vida.
Parece ser que lo que más impresiona a quienes visionan esta conferencia es el entusiasmo y la vitalidad que desprende Pausch, aún siendo consciente del poco tiempo que le queda de vida. En uno de los momentos mas impactantes, Randy reconoce que, paradójicamente y a pesar de la enfermedad, se encuentra más en forma que nunca y, para demostrarlo, se pone a hacer flexiones ante el asombrado auditorio
Quieren que les sea sincero ?
Me he quedado bastante frío.
No voy a cuestionar la validez de lo que dice Pausch ni la utilidad que eso pueda tener para tanta gente, eso sería una estupidez. Tampoco voy a poner reparos a la entereza con la que se enfrentó a sus últimos días y a como aprovechó el impacto mediático generado a su alrededor para generar ayudas a la sanidad .
Lo único que digo es que nunca debemos olvidar que no somos Randy Pausch.
El gran problema de los libros de autoayuda ( y la lección de Pausch lo parece en muchos momentos) es que intentan que obtengamos de ellos lo que debemos extraer de nuestro interior, y lo que debemos extraer nos va a costar muchísimo más esfuerzo que saborear el bienestar efímero al leer unas líneas u oir unas frases y asentir con la cabeza pensando " guau, es cierto, cuanta razón tiene".
Piensenlo bien.
Randy Pausch era alguien muy brillante profesionalmente, totalmente entregado y apasionado con su trabajo (la mayoría de nosotros seguro que ni nos acercamos a su nivel, eso por sí solo no nos hace mejores ni peores), que creía firmemente que lograr los sueños de su infancia había dado sentido a su existencia (por esa regla de tres, yo pertenezco a una generación frustrada por no ser futbolista, policía o princesa, y lo mismo les debería pasar a los niños de hoy, cuando crezcan y no sean pinchadiscos, modelos, cantantes o famosos) y que luchó denonadamente contra la enfermedad que lo corroía por dentro (exactamente igual que hacen cada día, desgraciadamente, millones de personas en todo el mundo de forma anónima).
Nosotros no somos Randy Pausch, pero Randy Pausch era como cada uno de nosotros: un ser humano intentando llevar adelante su vida de la mejor forma que sabe y puede.
Saben en que momento de su lección me emocioné de veras ?
Al final de su intervención, invita a su esposa a subir al escenario.
Viendo el rostro de ella, pensé en mis queridos faros: ellos marcan el camino a seguir y salvan vidas con la potente luz que proyectan en la lejanía. Pero alrededor suyo, en el perímetro más cercano a su estructura, reina la penumbra.
Pensé en la brillantez de Pausch, en su entusiasmo, en la difusa frontera entre vida laboral y privada, en montones de sandwiches y cafés engullidos a toda prisa mientras revisaba sus proyectos o los de sus alumnos; en jornadas interminables llegando a casa, derrotado, bien entrada la noche; en llamadas de teléfono a horas intempestivas, en fines de semana frustrados.
Y pensé que quizá esta mujer hubiera preferido que su marido fuera un poco menos genial, que su vida hubiera sido un poco más aburrida, más como un mar en calma y no un torbellino febril, que lo habría cambiado todo por disponer de más tiempo junto a él para pararse a oler las rosas...
No sé, a veces, quizá pienso demasiado.
jueves, 16 de octubre de 2008
Apolinar
Como yo, habían venido de su país para recibir formación.
Su especialidad difería de la mía, por ese motivo solamente coincidíamos en el comedor laboral, si bien ocasionalmente nos veíamos en el hotel o camino de la estación de tren.
Eran buena gente.
Con todos ellos visité Enoshima por segunda vez, y con algunos cené en un par de ocasiones y tomé margaritas hasta dolerme la cabeza.
No siempre coincidía con el grupo en su totalidad.
Diferentes intereses y necesidades les hacía separarse y tomar rumbos distintos.
La tarde anterior a su regreso a México, camino del tren de vuelta a Yokohama, hablé con Apolinar, el más joven de ellos.
Apolinar visitaba por primera vez Japón y era de todos, con diferencia, el más afectado por todo lo que había visto; anteriormente habiamos tenido muy pocas ocasiones para hablar, pero en alguna de ellas le había manifestado mí pasión por Japón.
Quizá por ese motivo, aquella tarde, se sinceró conmigo y me contó la tristeza que sentía al tener que partir, las cosas que hubiera querido hacer y no pudo (cuesta mucho desmarcarse cuando se viaja en grupo), cuanto iba a echar de menos este desconcertante país y lo dificil que era expresar estos sentimientos e intentar ser comprendido.
Mientras hablaba, sus ojos brillaban humedecidos, iban de un lado a otro del espacio intentando atrapar el mundo que se le escapaba, mostraban los síntomas de una fiebre provocada por un virus del que ya no podría librarse nunca...
Me ví a mi mismo, 8 años atrás.
Ha pasado un año desde entonces.
El grupo de México es una estampa borrosa, así de cruel es el tiempo y la memoria.
Sin embargo, de tanto en tanto me acuerdo de Apolinar y vuelvo a ver su mirada extraviada, abierta, inabarcable...
Ojalá que algún día la vida le lleve de regreso a esas extrañas, entrañables tierras.
Okichi blues
Durante mi estancia en Shimoda, un pueblo costero en la costa oriental de la península de Izu, tuve ocasión de conocer la triste historia de Okichi.En 1854, Okichi Saito, una bella joven de 17 años, fue forzada por las autoridades locales a abandonar a Tsurumatsu, su prometido, y ponerse a trabajar para Townsend Harris, el primer cónsul de los Estados Unidos en Japón, un puritano soltero entrado en la cincuentena y con problemas estomacales derivados de una úlcera.
Era aquel un momento delicado, en el que los Estados Unidos exigía a Japón la apertura comercial y el permiso para que sus barcos atracaran en puertos nipones.
Parece que nunca ha quedado claro si fue Harris quien requirió a la joven y hermosa Okichi, y si el papel que ésta tuvo que desempeñar fue el de doncella, enfermera o -como las malas lenguas se encargaron de propagar- el de concubina.
La realidad fue que, al regreso de Harris a Estados Unidos, Okichi quedó estigmatizada por su relación con un gaijin (extranjero) y, repudiada por los lugareños, se vió obligada a vagabundear hasta que, años después, volvió a encontrarse con Tsurumatsu en Yokohama.
Los dos permanecieron juntos durante un tiempo, pero ella ya había comenzado a tener problemas con la bebida, y Tsurumatsu acabó dejándola. Okichi regresó a Shimoda y abrió un restaurante que no prosperó y que tuvo que vender al poco tiempo.
Poco después, sufrió una paralisis parcial derivada de su alcoholismo, pero consiguió sobrevivir varios años más hasta que acabó quitándose la vida, ahogándose en un río cercano, en 1892.
En la actualidad está considerada toda una heroina en Shimoda, el pueblo que la repudió hace ciento cincuenta años y que ahora, cada 27 de marzo (el día de su suicidio) celebra un festival en su honor.
Los restos de Okichi Saito yacen en el templo de Hofokuji, en la misma localidad.

