viernes, 25 de septiembre de 2009

Septiembre


La imagen que abre esta entrada ha sido tomada esta mañana, en la costa de la localidad donde vivo; la que la cierra, el pasado sábado, en Tossa de Mar.

A comienzos de septiembre, terminadas las vacaciones de agosto, las playas comienzan a vaciarse: la vuelta de los adultos al trabajo es el preámbulo, y el retorno de los niños al colegio y las primeras lluvias, su colofón. El mes se acerca a su fín e intento saborear los últimos momentos de bonanza antes de que octubre traiga cielos dramáticos, tormentas y manga larga.

A mí me encantan estos días: el sol ya no castiga tanto mi maltrecha piel, la mar luce bella como nunca y sobre el tapiz de la arena, desperdigadas, sólo unas pocas almas que se resisten a decir adiós al estío. Me gusta nadar mar adentro y ver la playa desde allá, dejarme flotar boca arriba, cerrar los ojos y oir el chapoteo de las olas contra mis oidos y mi respiración entrecortada, sentirme como un no nacido sumergido en líquido amniótico, envuelto de una extraña placidez protectora; de regreso a la arena, con la piel húmeda, notar la brisa sobre el vello corporal (sí, soy uno de esos últimos especímenes masculinos no depilados, camino de la extinción y de la exhibición en zoológicos), cerrar los ojos y dejarme mecer por la estereofonía de las olas (quizá el sonido más bello del planeta), sentarme bajo la sombrilla a leer un libro y, de vez en cuando, levantar la mirada y quedarme absorto contemplando el mar, sintiendo el mar, añorando el mar.

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